La derrota 2-0 ante Senegal no alteró el discurso de Mano Menezes. Lejos de dramatizar su debut al frente de la selección peruana, el técnico eligió un camino menos emocional y más estructural: explicar el proceso. En su primera lectura pública, el brasileño dejó una idea clara: el resultado importa, pero no condiciona el rumbo.
“Soy optimista con este primer partido”, fue una de las frases que marcó su análisis. No como consuelo, sino como declaración de principios. Menezes entiende que este inicio está más vinculado a la construcción que a la competencia inmediata. Y en ese sentido, el amistoso en Francia funcionó como un laboratorio más que como un examen final.
El técnico puso énfasis en un aspecto que, para él, define este nuevo ciclo: la renovación. Subrayó que esta convocatoria es una de las más jóvenes de los últimos años, un dato que no es menor en un equipo que venía sosteniéndose en una base experimentada. La apuesta, entonces, no es solo futbolística, sino generacional.
Esa juventud, sin embargo, también explica parte de lo que se vio en cancha. Un equipo con intenciones, pero sin continuidad. Con momentos de presión, pero sin sostén. Menezes no lo ocultó: el proceso requerirá tiempo. “Los jugadores están abiertos a esta nueva etapa”, señaló, destacando la disposición del grupo para adaptarse a su idea.
En esa línea, el entrenador evitó personalizar la derrota. No hubo señalamientos individuales, sino una lectura colectiva. Incluso, en medio del análisis, se permitió rescatar rendimientos puntuales, evidenciando que el balance interno no es tan negativo como el marcador sugiere. Para Menezes, el partido dejó indicios más que certezas.
También hubo una mirada hacia el rival. Senegal no fue un contexto cualquiera, y el propio técnico lo había advertido en la previa: enfrentaban al campeón africano, un equipo con ritmo, potencia y una estructura consolidada. “Vamos a aprovechar el nivel del adversario para saber dónde estamos”, había dicho antes del encuentro, anticipando el enfoque evaluativo que mantendría después.
Esa coherencia discursiva es, quizás, uno de los primeros rasgos de su gestión. Menezes no cambió el tono tras la derrota. Lo que dijo antes, lo sostuvo después. Y en un entorno como el peruano, donde los resultados suelen acelerar diagnósticos, esa estabilidad no es un detalle menor.
Otro punto que defendió fue la convocatoria. Cuestionado en los días previos, el brasileño evitó entrar en polémicas y respaldó su lista con firmeza. “Convocamos 25 jugadores y explicamos sobre los 25”, sostuvo, marcando distancia de debates externos y reafirmando su autoridad en la toma de decisiones.
Más allá del resultado, su mensaje apuntó a construir confianza. No solo en el grupo, sino en el entorno. Habló de evolución, de trabajo y de un camino que recién empieza. Conceptos que, en el corto plazo, pueden sonar abstractos, pero que buscan instalar una lógica distinta: la del proceso sostenido.
El debut, entonces, deja una doble lectura. En el campo, una selección que aún no se encuentra. En el discurso, un entrenador que tiene claro por dónde quiere empezar. La distancia entre ambos planos será, probablemente, el verdadero desafío de esta etapa.
Porque si algo dejó claro Menezes es que no vino a resolver urgencias, sino a construir una idea. Y en ese camino, derrotas como la de Senegal pueden ser incómodas, pero también necesarias.
