El primer partido a vida o muerte de este Mundial para Carlo Ancelotti ha estado lejos de ser un paseo. No podía ser de otra manera: sigue siendo la competición futbolística más importante del mundo y el propio entrenador, a pesar de su palmarés, es en el fondo un debutante en un banquillo mundialista.
La actitud, sin embargo, es siempre la misma durante los 90 minutos más el añadido. Nunca pierde la compostura, casi siempre de pie. En definitiva, el Ancelotti de siempre, aunque lo que está en juego sea enorme.
En la rueda de prensa, el técnico italiano se había mostrado, como siempre, accesible y sonriente. Esta vez, sin embargo, su rostro está mucho más serio. Saluda al público que lo aclama nada más entrar al campo, poco antes del desfile de los equipos sobre el césped. Suenan los himnos nacionales y enseguida comienza el mata-mata, la esperada fase de eliminación directa.
Señales de nerviosismo para Carletto
A los pocos minutos, Carletto ya está de pie observando a sus jugadores. En el 12' llega el primer sobresalto. Una falta sobre Vinícius le hace estallar: el cuarto árbitro está a pocos pasos y Ancelotti pide explicaciones de inmediato por la ausencia de tarjeta amarilla.
Pasan los minutos y Brasil no juega como quiere su entrenador. Llama a Cunha, pidiéndole que baje entre líneas para no dar referencias y facilitar las llegadas de los extremos. Sobre el 20', golpea las manos en los muslos: Casemiro concede una falta y es amonestado, mientras la circulación de balón de Brasil sigue siendo lenta. Junto a sus asistentes intenta hacerse oír, pero el balón sigue moviéndose sin velocidad.
En el 30' llega el jarro de agua fría. Brasil se complica en la salida y Sano lo aprovecha, batiendo a Alisson. Ancelotti no se inmuta. Mira a sus jugadores y con un gesto de las manos parece decir: "Volvamos a empezar, no ha pasado nada".
Pero Brasil sigue atascado. No encuentra espacios, no genera ocasiones. Ancelotti alterna momentos de pie con otros sentado en el banquillo, sin dejar de dar instrucciones.
La segunda parte no empieza de la mejor manera. Brasil sigue tenso y Danilo ve la tarjeta amarilla. El técnico italiano parece cada vez más impaciente.

La remontada vivida con serenidad
Alrededor del 50', sin embargo, algo cambia. La verdeamarelha toma el control del partido y acorrala a Japón. Suzuki salva ante Bruno Guimarães y Ancelotti observa casi incrédulo.
Un minuto después, todo el banquillo brasileño se lleva las manos a la cabeza por un increíble despeje sobre la línea tras un cabezazo a bocajarro de Cunha. Él permanece casi impasible, permitiéndose sólo un breve intercambio con el cuarto árbitro, probablemente para pedir explicaciones sobre una posible falta japonesa en el área.
El gol del empate, sin embargo, se veía venir y llega en el 57'. Casemiro devuelve la esperanza a los sudamericanos con un cabezazo a pocos metros de la portería.

Ancelotti observa con serenidad la celebración de los suyos. Luego manda a un asistente a hablar con Vinícius y, antes de que se reanude el juego, entra unos metros en el campo para llamar la atención de Danilo. Dos palabras rápidas para redefinir las instrucciones tácticas.
Un minuto después, incluso la serenidad del técnico italiano se tambalea. Vinícius inventa una de sus arrancadas, se va de todos pero estrella el balón en el palo. El grito de gol se queda atragantado también en el entrenador de Reggiolo.
El tiempo avanza y Ancelotti observa a su equipo con los brazos cruzados y el rostro serio. Seis minutos de añadido, sin embargo, bastan para romper el hechizo.
En el 95' llega el gol liberador que desata la alegría de todo Brasil. Todos celebran, menos Ancelotti. El técnico mantiene su habitual aplomo, permanece cerca del banquillo y con un gesto de las manos pide calma a los suyos, mientras sus asistentes se le acercan para ultimar los detalles finales.

En realidad, queda poco por decidir. Pocos instantes después llega el pitido final: Ancelotti puede respirar aliviado y disfrutar de su primer mata-mata ganado en el banquillo de Brasil.
