Haití, un país devastado cuyo corazón late al ritmo del fútbol

Haití, un país devastado cuyo corazón late al ritmo del fútbol
Haití, un país devastado cuyo corazón late al ritmo del fútbolCLARENS SIFFROY / AFP

Un domingo de abril, en una calle de Pétion-Ville que suele estar muy transitada, un balón pasa entre los pies de una decena de adolescentes y los autos se desvían: el corazón de Haití late por el fútbol, a pesar del caos político, la pobreza y la delincuencia.

Los adolescentes ocupan la calzada, con piedras que hacen las veces de postes. El balón va de un jugador a otro: los jóvenes parecen despreocupados, pero se mantienen concentrados en cada movimiento.

La clasificación de Haití para el Mundial de Norteamérica (11 de junio al 19 de julio) es un soplo de aire fresco para este pequeño país de casi 12 millones de habitantes.

La nación más pobre de las Américas se enfrenta desde hace años a la violencia de las pandillas, la cual ha provocado una crisis humanitaria sin precedentes.

"El fútbol es esperanza y amor. Inspira orgullo y entusiasmo", asegura a la AFP Salomé Sandler Tally, fundadora y entrenadora del club Aigle Noir AC (ANAC).

"La clasificación para el Mundial es especial para un país que ama tanto el fútbol. Es increíble haberlo logrado 52 años después", agrega.

La primera participación mundialista de los Granaderos se remonta, de hecho, a 1974, en Alemania Occidental.

"Esta clasificación no me sorprende cuando veo el talento a nivel local, el talento de la diáspora", en un país donde el 54% de la población tiene menos de 25 años, afirma la entrenadora.

Gran parte de los jugadores, liderados por el francés Sébastien Migné, juegan en Europa o en Norteamérica.

"Ceremonias paganas"

Y, a pesar de la crisis económica, el gobierno destinó a principios de abril una partida de 264 millones de gourdes (1,7 millones de euros) a la selección, como prima por la clasificación y como subvención para la preparación del Mundial, en el que Haití se enfrentará a Brasil, Marruecos y Escocia en el Grupo C.

En Haití, el fútbol es sagrado y no necesita estadio. El principal recinto del país, el estadio Sylvio-Cator, lleva cerrado desde febrero de 2024 porque está situado en un barrio de Puerto Príncipe controlado por pandillas, como el 90% de la capital.

Pero el deporte rey se practica en todas partes: descalzo, con chanclas o con zapatillas; sobre el asfalto, la tierra o en un césped sintético desgastado, en campeonatos de barrio, competiciones entre escuelas, torneos entre clubes profesionales y aficionados.

En un país muy religioso, los campeonatos de las vacaciones de verano son "lugares de ceremonias paganas que harían palidecer a los fanáticos más convencidos", según Patrice Dumont, exsenador y columnista deportivo.

"Se ven en todas las comunidades, siempre que haya un espacio, desde el 3 contra 3 hasta el 11 contra 11, siempre con muchísimos espectadores".

Evens Lezin, un jugador amateur de 49 años, asegura que la presencia de los Granaderos en la Copa del Mundo, sin haber jugado un partido de clasificación en la isla, dará "esperanza" a los jóvenes haitianos.

"Se puede avanzar, pero con disciplina", dice. "Hoy en día, muchos jóvenes se dedican a la delincuencia, son alcohólicos, fumadores y no tienen pasatiempos saludables. Sin embargo, el fútbol puede ser una vía de escape".

Espacios de socialización

El fútbol se cuela en todas las conversaciones, traspasa generaciones y entornos sociales. En restaurantes y en supermercados, en plazas públicas o en las ondas de la radio, en salones o sentados en un 'bout mi' (muro).

"El fútbol es probablemente uno de los pocos espacios de socialización a los que aún tiene acceso gran parte de la juventud. Es el tema de conversación por excelencia", observa Marc Donald Orphée, de 35 años, quien se describe a sí mismo como un hincha de corazón.

Y aunque la mayoría de los jugadores y jugadoras de la selección nacional juegan en el extranjero, la distancia geográfica no merma el apego del público.

Pierreline Nazon, de 18 años, estrella del combinado femenino sub-20, se compara con Melchie Dumornay, la mediocampista del francés Olympique de Lyon.


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